Paola Armas
“Soy una mamá corredora que, a través del running, encontró la forma de transformar el amor en un camino compartido con su hija.”
Sentía que tenía todo bajo control. Después de nueve años de terapias, de enfrentar retrasos en el lenguaje y en el desarrollo motor, y de convivir con la posibilidad de una discapacidad intelectual, creía que nada me podía sacudir. Me sentía fuerte, segura, con respuestas claras.
Pero entonces llegaron nuevos diagnósticos para Romina: TDA tipo inatento y autismo grado 2. Y con ellos, una avalancha de preguntas sin respuesta. En medio de esa tormenta interna, lo que más me costaba entender era por qué, si yo decía que ya había aceptado todo, todavía me dolía tanto hablar del tema.
Intenté responderme esa pregunta durante semanas hasta que un día, mi mamá me invitó a correr.
Ese primer paso, que parecía insignificante, se convirtió en el mejor inicio.
Mientras corría, mi mente encontraba calma. Entendí que cada proceso tiene su ritmo y sus propios matices, igual que Romina: única, perfecta a su manera, completamente genuina.
Correr dejó de ser solo para mí. Se transformó en la forma de salvarme, de poder acompañarla sin miedo, con más fuerza y empatía. Me hizo más resiliente y más consciente del poder que tiene el amor. Comprendí que no se corre para escapar ¿de qué habría que escapar? Se corre para reencontrarse. Y yo me reencontré. Paso a paso, volví a mi esencia.
Hoy puedo decir que soy una mamá corredora que, a través del running, transformó el amor en un camino compartido con su hija.